Normal Bloomington

Sitios Interesantes - febrero 28, 2019

Este pasado fin de semana tuve la posibilidad de visitar la ciudad de Normal Bloomington. Aunque en realidad son dos ciudades, Normal y Bloomington, actúan como una sola y prácticamente todo el mundo llama Bloomington a toda la extension que recorre las dos municipalidades. Convertidas en una única área metropolitana llamada Bloomington-Normal.

Famosa por ser la sede de la Illinois State University (Universidad Estatal de Illinois) y por contar con la Universidad Wesleyana (Iglesia de Wesley, rama protestante), Bloomington no es más que una ciudad universitaria donde todo está enfocado a un público muy concreto, los universitarios.

Sus calles cuentan con cines, bares, pubs y restaurantes de todo tipo de comida. Contando con una población de 130.000 habitantes en toda su área metropolitana, Bloomington-Normal es la doceava ciudad más poblada del estado de Illinois.

Una de las cosas más llamativas de las que me percaté, fue la cantidad de restaurantes que había. En cada calle había como 5 o 6 restaurantes diferentes; y no sólo restaurantes de comida rápida, también algunos sitios delicatessen o de porte medio. Definitivamente una alegría para los paladares de los visitantes o residentes de Bloomington.

Aventura en el «Bistro»

bar en bloomington

El «Bistro», uno de los locales que visité.

Visité algunos lugares típicos y recalé en un bar-pub local llamado «Bistro«, donde procedí a catar unas cuantas cervezas locales y disfrutar del ambiente. Cuando procedía a degustar mi segunda pinta, uno de los lugareños (y parroquianos de dicho lugar) empezó a entablar conversación conmigo.

Así es como conocí al bueno de John, un enjuto y desgarbado hombre de mediana edad con un pelo extrañamente largo que escapaba por su sempiterna gorra de veterano del ejército de los Estados Unidos.

Mi nuevo amigo soltaba unos discursos con una soltura digna de los mejores debates de sobremesa. La política le apasionaba y Trump era su ídolo y el hombre elegido para llevar a América a ser el mejor «mundo del universo«.

John, trabajaba como cocinero y limpiador en un restaurante chino cerca de allí. El pobre hombre, con pocos dientes ya, mascullaba todo tipo de insultos y quejas hacia sus jefes y las condiciones deplorables que tenía en su trabajo. Turnos de 10h, salario mínimo, librar los lunes y no poder comer o llevarse las sobras a casa eran sus principales quejas.

Tras varios botellines de oro líquido acariciando nuestras gargantas, mi gran amigo John, al que sus ojos empezaban a brillar de forma especial, se acercó a mí y, con una sonrisa un tanto siniestra, me ofreció un poco de cocaína e irnos de aquel lugar para recalar en la casa de una meretriz que nuestro querido veterano frecuentaba con asiduidad.

La oferta de 5 botellines por $5 fue sin duda mi perdición

Aunque el plan propuesto por John podría sonar tentador, y significaría sin lugar a dudas el comienzo de una «juerga a la americana», no tuve más remedio que rechazar su propuesta. Ya que las drogas y el sexo de pago, no son santos de mi devoción.

En ese momento, nuestro veterano favorito me dió la mano y un poco apenado me respondió que respetaba mi decisión pero que no sabía «lo que me estaba perdiendo». En ese momento, John procedió a pagar ambas cuentas y, después de agradecerle tan bondadoso gesto, se marchó para empezar una noche de juerga y pasión desenfrenadas.

Al poco rato me marché de este bonito lugar y me dirigí a mi coche aparcado cerca del establecimiento. Fue en este momento que me dí cuenta de que «tras varios botellines» era un eufemismo, mi coordinación empezó a jugarme una mala pasada y cuando me senté en el coche entendí que en mi estado era imposible, siquiera, el caminar, así que el conducir ni me lo planteé.

Problemas con la bofia

Tras pasar alrededor de unos veinte minutos en el coche, una imperiosa necesidad de «echar todo aquello» se apoderó de mí. Salí del coche como pude y procedí a adentrarme en un callejón solitario para poder desembuchar todo el exceso de alcohol y cacahuetes que había ingerido.

Me recompuse como pude y al tratar de volver a mi coche, dos faros me deslumbraron, era la policía local en un vehículo sin marcar acercándose a toda velocidad hacia mi posición. Inmediatamente 2 fornidos agentes de la ley bajaron del coche y uno de ellos espetó: «¡las manos fuera de los bolsillos!»

En ese momento un escalofrío recorrió mi espina dorsal, ya me veía abatido a tiros por un cowboy de gatillo fácil, al que le gusta disparar primero y preguntar después. Gracias a dios no me tocó dicho tipo de agente del orden. Uno de ellos, el más joven, se acercó a mí y me pidió la documentación y que le explicara qué demonios estaba haciendo a las 23h en un callejón un martes cualquiera.

Una vez satisfice sus deseos de información, el «officer» me echó la bronca por ensuciar las calles de su ciudad con mi regurgitación y me comendó volver a mi hogar una vez mi nivel de embriaguez desapareciera y pudiera conducir sin presentar un peligro para la sociedad.

Pasada algo más de una hora, y sintiéndome en plenas facultades psicomotrices, emprendí mi camino de vuelta a mi casa, dónde una buena ducha y una camastro en condiciones esperaban recibirme con los brazos abiertos.

 


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